¿Sabrás, dime, mi nombre
si te veo en el infierno?
¿Lo sabré yo esta noche
cuando encienda la luz
(un mustio furor haciendo presa
de enlutados interruptores)
para ver -y no ver-
que todo está en su sitio?
Si me encuentro en el cielo,
¿podré reconocerme?
¿Sabré por qué esta carga
de paréntesis?,
¿por qué tu gesto transparente?
¿Podrá tener Dios en mí
más fe
de la que yo tuve?
De nada servirían, en ese caso,
los espejos,
ni mis apellidos,
ni la contabilidad
(tan cuidadosamente llevada)
de las lágrimas
y los descubrimientos:
aunque no son, ya se sabe, todos los que están,
suelen estar, enmarcados, todos los que son.
REGRESO
ResponderEliminarEn medio del viaje al sueño, te digo
que no es mejor el trayecto por el destino,
ni por el acompañante.
Curiosa el alma
y ligera de equipaje,
dispuesta a colmar
tu vaso de sabores
dibujará,
de colores regalados,
la senda del destino
de los caminantes:
los que partieron conocidos
y regresaron otros,
de nuevo solos
o con otro viajante.
Dichosos renacidos
los que se perdieron
con la muerte del instante
para aprender,
olvidando,
a conjugar un presente
desafiante.
GRACIAS :,)
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