domingo, 6 de febrero de 2011

Melancolía

Aquí estaba yo, en un viejo tren que aún hacía la única ruta que comunicaba la antigua y colonial capital del estado, desde el valle hasta el último pueblo allí arriba en el altiplano, el cual sería mi destino los próximos años como nuevo médico rural.

Un trayecto de más de siete horas que daban para mucho: dormir, leer, observar el paisaje… Ver cómo ese gigantesco y caudaloso río que discurría por todo el valle, a cada montaña que bordeábamos, subíamos y coronábamos, cada vez se iba haciendo más pequeño, insignificante. Ya desde aquí, en las alturas, era tan sólo un hilillo de agua en la distancia.

No dejaba de observarlo desde mi ventanilla sabía que ese río, ahí abajo, era mi última conexión con el mundo moderno y la civilización. Cines, cafeterías, librerías… pequeñas comodidades de la vida moderna que poco a poco se esfumaban de mi vida.

A ratos, mientras la monotonía del paisaje y el ya familiar ruido del motor diesel de la locomotora me arrullaban con su cadencia, me volvían a asaltar los pensamientos de soledad, temor, vacío frente a la nueva vida que me disponía a comenzar, entremezclándose también con otros tantos de ilusión, alegría, satisfacción, ganas de empezar a realizar un trabajo que me había llenado desde siempre; y sabía que a la gente del altiplano les vendría bien un soplo de aire fresco, de la nueva medicina moderna.

Cuarenta años estuvo ejerciendo Don Nicolás Fernández, galeno que me estaría esperando con verdadera devoción en el andén de la estación, a la espera de cederme el testigo y disfrutar de la ya merecida y ganada jubilación.

A estas alturas del viaje el tren estaba casi vacío, tan sólo quedábamos en el vagón una persona y yo. Un señor de mediana edad que se sentó frente a mí al comienzo del viaje, nos saludamos con corrección a la salida y ya no volvimos a cruzar palabra durante el trayecto.

Lo observé detenidamente varias veces durante el viaje. De traje impecablemente planchado sin ninguna arruga, con su periódico desplegado leyendo y releyendo línea tras línea, saboreando hasta la última gota de la tinta impresa, sin prisas por finiquitar la lectura como si fuera conocedor de la duración casi eterna de este recorrido que seguro había realizado miles de veces.

Me hacía gracia su sombrero que en ningún momento se había quitado de la cabeza, el cual le confería un toque de elegancia y distinción de otras épocas. Por su forma de vestir y comportarse aposté que sería algún representante o ingeniero de las muchas compañías mineras que allí arriba, en la zona del altiplano, aún operaban.

Una campanilla y la voz del revisor de repente me separaron de mis pensamientos...

-Disculpen, próxima parada estación de Melancolía. Nos detendremos durante una hora, pueden apearse si así lo desean para estirar la piernas o tomar un café en el pequeño bar de la estación, el convoy reanudará su marcha a las 13:30 horas.

Con una media sonrisa también nos advirtió:

-Sean puntuales, ya saben lo que les puede pasar en Villa Melancolía, el tren no espera…
Sorprendido y visiblemente disgustado por el inesperado retraso me quedé mirando a mi compañero de compartimento y le pregunté.
-¿Qué habrá querido decir con eso? ¿Por qué paramos ahora una hora?
Cerró su periódico y mirándome divertido me respondió.

-Antiguamente Villa Melancolía era la penúltima estación antes de llegar al altiplano. Aquí se aprovechaba para reabastecer de agua a la locomotora y aprovisionarla de carbón, pues el largo viaje y las últimas rampas de gran desnivel exigían un gasto extra de energía a la máquina. Además de seguir siendo este actualmente el último tramo de vía única de la provincia. Nos detendremos para que pueda bajar el tren minero con todo el material extraído durante la jornada debiendo nosotros esperar y dejarle vía libre, es por este motivo que tenemos que esperar una hora.

Mire, ya hemos llegado, ahora el jefe de estación cambiará las agujas y nos dejará justo allí a la izquierda.

Asentí con la cabeza satisfecho y resignado con la explicación de mi experimentado compañero de viaje y en contraprestación por mi interrupción a su lectura decidí invitarle a tomar un café.

-¿Me permite que le invite a un café ahora que tenemos una hora para descansar y estirar un poco las piernas?

-Se lo agradezco, pero prefiero permanecer en el vagón y, si me permite, me siento en la obligación de informarle de una pequeña leyenda, superstición popular de este insignificante pueblo perdido de la cordillera.

-¿Sucede algo en este pueblo que deba saber?

-No sé si se habrá dado cuenta, habrá reparado en el nombre de esta estación. Estación de Melancolía...

-Sí, un nombre original, pero como otro cualquiera. La anterior, creo recordar, era estación del Despeñadero, mucho peor si la comparamos con ésta. –Repliqué irónicamente.

-No se crea. ¿Sabe usted lo qué es la melancolía?

-Soy médico, a veces la melancolía es un estado previo a la depresión. Creo que Víctor Hugo la describía como: “La dicha de estar triste”.

-Efectivamente, es un estado agridulce, es como lo que les sucede a muchos mineros en la mina: fallecen por permanecer en pozos mal ventilados e inhalar dióxido de carbono. Una muerte lenta, silenciosa, dulce… Como la melancolía.

Villa Melancolía es un pueblecito muy hermoso por lo que he podido escuchar, gente amable, bellas mujeres. En quince años que llevo haciendo esta ruta, en ninguna ocasión tuve la necesidad de curiosear o apearme. Llámeme supersticioso, pero mi familia procedía de Galicia allá en España, tierra mágica de meigas (brujas). De siempre nos enseñaron en mi familia que haberlas hailas y uno desde niño creció con esta convicción. Allí le llaman “saudade” una cosa extraña que te va atrapando poco a poco, que te va apartando de la realidad… Muchas personas se apearon en esta estación y jamás regresaron, ni se supo de ellas.
Probablemente no suceda nada pero discúlpeme, como buen galeno sabrá que las manías nadie las cura. Gracias por la invitación, vaya tómese ese café le sentará bien para afrontar el último tramo de ascensión, no se preocupe por mí le agradezco la invitación, luego nos veremos aquí.

Volvió a abrir su periódico exactamente por la página donde lo había dejado y retornó a abstraerse en la lectura.

Haberlas, hailas… Siempre había tenido presente esa frase en mi cabeza. En una ocasión, durante mi época de prácticas como estudiante de medicina, había asistido en sus últimos momentos a un paciente terminal que, inexplicablemente después de días de absoluta inactividad, durante breves momentos recobró débilmente la lucidez sorprendiéndome con detalles, revelaciones mías personales que yo achaqué siempre a la casualidad.

Decidí apearme del vagón. Lo primero que me sorprendió era la diferente arquitectura en que estaba construida dicha estación, totalmente diferente al resto de estaciones que habíamos ido dejando atrás. Me recordaba a ese viejo juguete de ensamblar pequeñas piezas de plástico, donde con paciencia y habilidad se podrían llegar a construir pequeños castillos, casas… y que durante varías festividades de reyes sucesivas fue el humilde juguete estrella en mi familia que mis pobres y resignados padres me regalaron.
Viéndome jugar con esas piezas de plástico más de una vez suspiraron por verme convertido en una afamado, prestigios, rico arquitecto, y aquí estaba yo, perdido casi en el último lugar del mundo con una humilde maleta como único equipaje y ejerciendo la medicina desde mi solitario puesto de médico rural.

Era un día soleado, la luz y el color azul del cielo me parecieron fascinantemente hermosos y a la par me recordaban a otras épocas, otros lugares. Probablemente al no estar acostumbrado a la altitud ni a la vida en montaña esas eran las primeras sensaciones para un recién llegado, pensé para mis adentros.
Demasiada familiaridad rumiaba yo, y eso en mi mente analítica nunca podía ser bueno, pues no había dado dos pasos y ya empezaba a obsesionarme la idea de que algo ilógicamente negativo podría suceder. Instintivamente me di la vuelta para buscar mi tren y mi vagón para así comprobar que todo seguía igual.
Allí a lo lejos estaban los maquinistas y el revisor, habían bajado al andén para  echar una caladas a unos cigarrillos pero se les notaba cierto temor o rigidez, les intuía en una actitud poco relajada, intranquila, mientras fumaban y parloteaban sobre algún tema intrascendente.
Era curioso ver que no se alejaban más de dos metros de su locomotora. Seguí avanzando por el andén con cierto paso titubeante y me decidí a entrar en el bar para tomarme algo que me ayudara a desconectar y disipar mis absurdos temores.

De fondo sonaba una vieja radio, una melodía que al principio no supe identificar pero que también me era familiar. Era esa música que sonaba insistentemente aquel verano que conocí a Raquel y nos “persiguió” durante aquel estío por todo el dial, a cada pueblecito de la costa al que escapábamos al salir de nuestras respetivas guardias que siempre intentábamos cuadrar, para huir, devorarnos, devorar el mundo, enloquecer sin dejar de quemar un segundo de vida juntos… A ella siempre le hubiera gustado terminar en un sitio como éste, un pueblo alejado de la civilización. Decía que aquí la vida era más auténtica. Yo en cambio soñaba en terminar mi carrera en algún prestigioso centro de investigación, hacer lo que más me gustaba, pensar, reflexionar una y mil veces…

En sus últimos días yo le prometí que haría realidad su sueño y que si algún día nos tuviéramos que volver a ver sería allí arriba, allí entre las estrellas, esas que absortos, abrazados en la playa, noche tras noche, contemplábamos mientras giraban a nuestro alrededor… Y le contaría cómo era la vida en un pueblecito, nuestro pueblecito; mis anécdotas, todo… Ya sin prisas, con detalle, con toda la eternidad por delante para volver a estar juntos y no parar de conversar, eso que tanto nos apasionaba…

-¿Qué desea tomar? – Me preguntó la camarera

-¿Qué desea? – Por segunda vez me preguntaba mientras yo fijaba mis ojos en su mirada.
Miraba esos ojos azules, esa mirada entre alegre y triste, melancólica pensaba yo… y a la par tan familiar.

-Un café largo, por favor.

–Y con tres sobres de azúcar, me respondió alegre y risueña. -Pocos se atreven a pisar esta estación, por esa absurda leyenda, veo que usted es un valiente…

- No soy un valiente, simplemente no suelo hacer caso a las supersticiones, pero hay una cosa que me ha dejado sorprendido ¿Cómo ha sabido que me gusta el café con tres sobres de azúcar?

-Fácil, pura lógica. Un café tan largo y tan amargo necesita siempre un sobre adicional en su disolución. Normalmente serían dos, pero al ser largo…

Y mientras me explicaba su lógica, su razonamiento, mi mente analizaba. Su voz me era tan familiar, ese timbre… Su forma de sonreír, esa amabilidad, sus ojos… Había empleado la palabra, disolución. Raquel siempre utilizaba esa expresión, esa muletilla… Disolución. Algo dentro de mí me estaba retando a averiguar quién era ella. La paranoia empezaba a introducirse por misteriosas grietas de mi cerebro.

Ensimismado, bebiendo a tragos muy cortos y en silencio mi cabeza empezó a divagar. No sé cuanto tiempo estuve así, si la cafeína o la altitud, hasta que las campanas del paso a nivel de la estación que anunciaban la bajada del convoy minero me hicieron reaccionar.

Busqué apresuradamente un par de monedas en mis bolsillos las dejé en la barra y sin despedirme, ni siquiera volverme para mirar aquella cara que me era tan familiar, veloz casi a la carrera volví a mi vagón. Sudando, con el pulso y la respiración acelerados busqué apresuradamente mi compartimento, mi pequeño refugio y a mi circunstancial compañero de viaje.

No estaba. Sólo el periódico que él leía, cuidadosamente doblado junto a su maleta y su sombrero. Habría ido a los servicios pensé…

Pasaron los minutos y mi misterioso compañero no aparecía y ya casi era la una y media de la tarde, la hora de la partida. Se empezaron a oír las campanas del paso a nivel, el último pitido del revisor y cómo automáticamente se ponían otra vez en marcha las turbinas del viejo tren. El mundo, el paisaje volvía otra vez a poco a poco a ponerse en movimiento, ya era imparable la nueva partida y ahí estaba yo, solo, ahora sin rastro de mi compañero.

Preocupado, angustiado busqué al revisor por todos los vagones, no había nadie, el tren estaba vacío, avanzado ya cada vez más veloz, irremediablemente por momentos me pareció estar embarcado en un tren fantasma. Desconcertado volví a mi asiento dispuesto a encontrar una lógica a tan extraña desaparición.


Ha pasado ya mucho tiempo.

Ahora entenderán por qué todas las tardes desde hace ya más de un año, cuando salgo de mi consulta, vuelvo a la estación esperando ver llegar, entre la poca gente que viene a Villa Soledad, a esa persona de traje impecable, periódico en mano y sombrero de otras épocas, para preguntarle tal vez si se acuerda de mí, si tal vez a él también algo le sucedió…
Y aquí me tienen una tarde más, tentado nuevamente por tomar ese tren de vuelta y regresar a Melancolía, volver a entrar en ese bar, dejarme llevar y ver otra vez a esa mujer…

Melancolía, saudade… Bonita estación para visitar, tentadores ojos en los que definitivamente abandonarse.

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